Mes: agosto 2016

LA MONTAÑA DE MAILLOL

La veo al entrar. Ocupa el centro del Hall del Museo de Ceret. Es una mujer. Está desnuda, pero no transmite erotismo sino fuerza. Es la tierra. Es eterna como las montañas.

La rodeo, la miro desde todos los ángulos posibles, descubro que tiene grabados graffitis en los brazos y en las piernas, las marcas que deja la vida en la calle, aunque sea en las Tullerias de París, que es en donde vive. Sí, son cosas normales, a las montañas de piedra también les pasa.

Ella es de bronce, reposa en una base trapezoidal. Emerge de ella. Una de sus piernas aún está atrapada, no se quiere desprender del centro de la tierra a la que pertenece. Su mano derecha señala ese vínculo y la sustenta en el exterior, aguanta el peso de su torso, de sus pechos fecundos y hermosos permitiendo un apoyo relajado casi innecesario  a la otra pierna, la que mira al futuro, la que casi es rozada por un codo tímido que al final opta por conducir displicente  su antebrazo y  su mano hacia la cabeza. Ésta, divertida, enseña cuatro dedos escondiendo el pulgar, formando una cresta, confundiéndose con su pelo al viento que como pasa siempre en las montañas sopla muy fuerte en la cima.

Deseo tocarla, deslizar las yemas de los dedos por su contorno pulido y fino. No lo hago, si estuviera en la calle sí, pero no en un museo, no me atrevo, quizás por respeto, no sé. Me separo un poco de ella y resigo sus formas en el aire con un dedo, una vez, otra, y otra.

La gente me mira, no entienden por qué dibujo emes en el cielo. No me importa, yo sigo: Maillol. Mundo. Mujer. Madre. Montaña…

 

Petit Piton (iaq) y Gros Piton (der)

ROCAVIVA. DOS MANERAS DE VER EL MUNDO

En una montaña de la Cerdanya de Girona se encuentra un paraje de lo más singular: Rocaviva. El camino que lleva a él parte del pueblo de Músser y no es fácil localizarlo porque las indicaciones no abundan.

         Un sendero laberíntico atraviesa el bosque, entre encinas y matorrales, y conduce a una loma desde donde se divisan las montañas del Cadí. El encave en sí es extraordinario, pero lo más espectacular es ir encontrando durante el camino rocas graníticas grabadas, más de seiscientas. Algunas con caras humanas, muchas con formas a modo de petroglifos, con símbolos cabalísticos, masónicos, budistas… Todas las esculturas respetan la forma natural de la piedra, se adaptan a ella sin violentarla, es difícil descubrirlas en su totalidad, porque muchas se confunden con el suelo, incluso con los árboles. Un artista local se dedicó a ir grabando en ellas su mensaje gráfico durante más de veintiséis años.

Pero la sorpresa no acabó allí, porque camino de regreso al pueblo me encontré con uno de sus escasos habitantes que al saber que venía de Rocaviva me dijo que aquel bosque, que siempre había sido parte de su vida, ya no lo sentía como suyo, que las piedras trabajadas sólo habían servido para que viniera gente de fuera a pisotearlo, ¿por qué que hay más hermoso que una piedra desnuda? Aquel hombre no había vuelto más.

         Y aquí queda planteado el dilema. ¿Se puede modificar la naturaleza para convertirla en arte, o la propia naturaleza ya es un arte sublime que no admite interferencias? ¿Se ha de preservar y ocultar el entorno de miradas extrañas o se ha de compartir y enseñar a respetarlo?

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¿No sería magnífico poder conseguir las dos cosas?