UN TESORO EN LA CIUDAD. EL MUSEO PALMERO.

Fui al museo Palmero de Barcelona atraída por la colección de cuadros del pintor, quizás uno de los más populares y a la vez el más desconocido de nuestro país. Sí, todos hemos visto sus cuadros de caballos, del París de la Belle Époque, de retratos, pero mucha gente no sabe quien los pintó, aunque  incluso algunos tengan reproducciones suyas en el vestíbulo de su portería, como es mi caso, sin ni tan siquiera saberlo.

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Me interesó la visita al museo de ese prolífico pintor, discípulo de Romero de Torres, de Sorolla, que tuvo a Valle Inclán como profesor de estética en la Academia de San Fernando, en donde estudió; por su obra y también por algo peculiar: su ubicación en una masía del siglo XV que fue reconstruida y habitada por su familia y que sobrevive inmutable entre los edificios de la ciudad. Esta había pertenecido anteriormente al ministro Laureà Figuerola amigo personal de Prim y creador en 1868 de la peseta como tal.

Entrar en ella fue entrar en un mundo de maravillas, en un ambiente arcaico, en un país mágico lleno de tallas, de cuadros, de objetos de arte; con pasadizo secreto incluido.

Puro hechizo. Pero no lo mejor. Lo mejor, sin lugar a dudas, fue quien lo enseñaba:   Alfredo Palmero, el  nieto del maestro, que también es pintor y tiene su taller allí.

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Su mano acogedora y amable nos fue guiando a través del arte, de la historia, de los cuadros del Maestro Palmero, hasta conducirnos humildemente a su propia obra.

Se definió como autodidacta, como un artista libre que aprendió a pintar sentado al lado de su abuelo, mirando, aspirando, impregnándose de su fascinación por la técnica y por los clásicos.

De una manera cercana y nada presuntuosa  explicó que aquí, en su país, le conocía muy poca gente, que sobre todo le valoraban en los Estados Unidos, en donde este año 2016 había ganado el premio al mejor expositor internacional en la reputada feria Art Basel de Miami.

Y una sorpresa tras otra: su obra. La serie “Las meninas”, retratos de mujer sin nombre con rostro inventado, todas menos una, el retrato con fondo blanco de su hija Eva.

Meninas cuyas faldas son redondas como la tierra, recordando lo que en ellas se oculta, el principio, la génesis de la vida, celebrando su capacidad de concebir.

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Y  por último una obra sin marco, apoyada en el suelo, que parece inacabada, pero que me impacta. El de tres personas en tonos negros y rojos, podrían ser personajes modernos, quizás porque llevan monopatines, pero no los siento así. Tienen la mirada tranquila de los que ya no están. Son clásicos.

Él dice que una vez alguien lo definió como una mezcla entre Picasso y Tarantino.

 

 

 

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