Mes: marzo 2017

PARA LOS DIOSES DE LA PRIMAVERA. Música con instrumentos precolombinos

El sonido de la caracola, del tambor, de la ocarina en la música aborigen es mágico. Es un regalo a los dioses de la primavera y de la vegetación, el encuentro entre el universo y la tierra, el sol y la luna; es el caminar de las deidades de la fertilidad para despertar en sus vientres las semillas de la naturaleza y de los hombres.

Es la memoria viva de los pueblos que recoge la herencia de todas las generaciones precedentes, que atraviesa el tiempo con sus símbolos y nos regala sus ritos de caza y de curación. Es el lenguaje de los espíritus protectores y maléficos  que juntos concilian las fuerzas opuestas y así consiguen el equilibrio de la vida.

Esa música imita la voz de los animales a través de instrumentos que no han variado nada con el tiempo, susurra al hombre la comunión con lo intangible y ayuda a los difuntos a entrar en el otro mundo.

Estos sonidos relatan la historia de las migraciones de los pueblos, de las guerras y de los pactos entre ellos para no olvidar y así no repetir, pero también para mantener viva la memoria de los hombres y de los dioses.

Se le canta y se le danza al sol, a la abuela luna, a la madre tierra, al espíritu del viento, a los seres de la naturaleza.

Tezkatlipokas son los dioses hacedores del universo, significa espejo negro humeante, porque el color negro es el motor inmóvil que entra en funcionamiento cuando la tierra duerme, cuando reposa y se enfría.

TEZKA

Es la memoria genética, la encargada del resurgimiento de todos los seres vivientes de la tierra. Es la primavera. 

 

 

LAS FIGURAS DE CHLADNI. El sonido puede verse

“Si quieres encontrar los secretos del Universo, piensa en términos de energía, frecuencia y vibración”. Nikola Tesla.

El experimento es muy sencillo. Se trata de fijar una lámina metálica por el centro encima de un vibrador de tono y espolvorear arena o sal encima de ella. Luego ir modificando la intensidad para producir ondas sonoras en la placa lo cual provoca vibraciones. Lo que se ocurre es asombroso. Aparecen dibujos geométricos, simétricos, figuras fractales siempre diferentes las unas de las otras que van variando según la intensidad del sonido.

“La música es el alma de la geometría”. Paul Claudel.

Éste es uno de los experimentos clásicos de la acústica. Se remonta a 1787, cuando Ernst Chladni estudió el fenómeno de la resonancia. Entonces no había generadores de frecuencias, así que el físico alemán hizo vibrar la placa metálica con las cuerdas de un violín.

 Chladni, considerado el padre de la acústica, se ganó la admiración de Napoleón Bonaparte cuando, en 1808, realizó una demostración de su experimento en la Academia de Ciencias de París.  En su honor , tales formas se llaman figuras de Chladni.

Napoleón al verlo exclamó:”El sonido puede verse”.

 

Y si eso pasa con las partículas de arena o de sal, qué no pasará en nosotros  al oír música o al someternos a una vibración tan poderosa y constante como la del corazón de nuestra madre cuando nos formamos en su vientre. 

Venas del cuerpo humano

Venas y arterias de una mano.

LA FLOR CAÍDA NO VUELVE A LA PLANTA

Dos muchachas están sentadas en la arena amarilla y caliente de la playa. Cerca se ve el mar, un mar tranquilo, pero negro.

Una viste falda de flores, blusón blanco y lleva un lazo que recoge su melena con una flor prendida en ella. No mira al mar, no se atreve, mira al suelo. Está semi tendida, lángida, quizás triste, porque sabe que el tiempo de las flores y de la falda roja se acaba.

La otra está sentada. Viste una bata rosa que la tapa totalmente, parece un uniforme, quizás ha empezado a ir a la escuela de las misiones. No, la han obligado a trabajar, los extranjeros que han venido a la isla dicen que se ha de mirar hacia el futuro, ella, de soslayo y con desconfianza, mira hacia delante, pero no sabe ni le importa lo que significa futuro. Sus manos a partir de ahora solo le servirán para trabajar, no para apoyarse. Con delicadeza retiene en ellas un resto seco de lo que un día fue hierba exuberante y verde, la tendrá que trenzar para construir un cesto, mil cestos.

En la arena, frente a ellas, hay dos formas confusas, una espiral que quizás es un dibujo o una cuerda,  y una cuadrangular que parece una caja o una pastilla de jabón. Pero formando un triángulo con esos objetos hay algo que no admite duda.

Es una flor. La flor caída que nunca volverá a la planta. 

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“Mujeres en la playa de Tahiti” (1891, óleo sobre lienzo, 69 x 91 cm, Museo d’Orsay, París). Paul Gauguin.

 

HIPNOTIZAR TIBURONES

No hace falta que mires fijamente, tan sólo déjate llevar por las imágenes y la música.

Da que pensar. Sientes cómo los dos seres confían totalmente el uno en el otro, cómo se entregan de la misma manera porque saben que en esa confianza no existe el peligro.

Lo hace una mujer, aunque eso no creo que importe demasiado.

He visto este vídeo muchas veces, y no sé bien por qué, pero siempre me emociona. Qué maravilloso sería poder conectar así con todo lo que nos rodea.