El libro de los abrazos de Eduardo Galeano

Sí, cada una de las casi doscientas historias del libro son como un abrazo. Un abrazo suave, poético, intimo. Un abrazo que parece mínimo por lo breve, pero que te hunde en los abismos inexplorados de tu propia alma como brazos que llevan a las estrellas.

Empieza así:

libro abrazos

Cada historia va acompañada por un dibujo, simple, surrealista como son los sueños de la infancia.

La mayoría de los dibujos son del mexicano José Guadalupe Posadas, pero algunos son del propio Galeano.

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Todas ellas se ubican en países americanos, en España y en Barcelona que es donde se exilió. Aquí os dejo tres de ellas:

El lenguaje del arte 

El Chinolope vendía diarios y lustraba zapatos en La Habana. Para salir de pobre, se marchó a Nueva York.
Allá, alguien le regaló una vieja cámara de fotos. El Chinolope nunca había tenido una cámara en las manos, pero le dijeron que era fácil:
 – Tú miras por aquí y aprietas allí. 
Y se echó a las calles. Y a poco andar escuchó balazos y se metió en una barbería y alzó la cámara y miró por aquí y apretó allí.
En la barbería habían acribillado al gangster Joe Anastasia, que se estaba afeitando, y esa fue la primera foto de la vida profesional de Chinolope.
Se la pagaron una fortuna. Esa foto era una hazaña. El Chinolope había logrado fotografiar la muerte. La muerte estaba allí: no en el muerto, ni en el matador. La muerte estaba en la cara del barbero que la vio.

 

Eduardo Galeano-El libro de los abrazos_img_2

La pálida

Mis certezas desayunan dudas. Y hay días en que me siento extranjero en Montevideo y en cualquier otra parte. En esos días, días sin sol, noches sin luna, ningún lugar es mi lugar y no consigo reconocerme en nada, ni en nadie. Las palabras no se parecen a lo que nombran y ni siquiera se parecen a su propio sonido. Entonces no estoy donde estoy. Dejo mi cuerpo y me voy, lejos, a ninguna parte, y no quiero estar con nadie, ni siquiera conmigo, y no tengo, ni quiero tener, nombre ninguno. Entonces pierdo las ganas de llamarme o ser llamado.

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Llorar

Fue en la selva, en la amazonia ecuatoriana.
Los indios shuar estaban llorando a una abuela moribunda.
Lloraban sentados, a la orilla de su agonía.
Un testigo, venido de otros mundos, preguntó:
– ¿Por qué lloran delante de ella, si todavía está viva?
Y contestaron los que lloraban:
– Para que sepa que la queremos mucho.
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Y dos frases:
Una la pone en boca de su amigo Fernando Rodriguez en el cuento Celebración del silencio/1 :
 «No hay que pasar de los setenta, porque entonces te enviciás y ya no querés morirte».
Y la otra forma parte de la historia Sucedidos/3 que habla de un médico de Nicaragua: 
…»Porque él cura tocando. Y contando, que es otra manera de tocar».
 
 
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