Día: 16 mayo, 2018

BESOS EN LA FRENTE

Mi abuela se había encogido tanto con la edad que para darle un beso el mejor sitio, el más cómodo, el que estaba a mi altura de niña de diez años, era la frente. Un trocito de piel dura, pero suave,  y que olía a galletas con vaso de leche porque siempre la iba a ver a la hora de la merienda. Ella no decía ni hacía nada cuando la besaba, tan sólo sonreía, porque como todo el mundo sabe los besos en la frente nunca se devuelven.

Y así fue durante algunos años. Hasta que un día la abuela se puso enferma y se metió en la cama. Yo jamás la había visto allí con su camisón blanco, su pelo suelto y sin zapatillas. Muy flojito me pidió que me acercara. Pasó en un segundo, fue como si me rozara un ala de mariposa, como el paso de una nube, como las cosquillas que hace la espuma del mar en los pies.

La abuelita me besó en la frente, en el mejor sitio, en el más cómodo para su postura yaciente. Y muy bajito, casi susurrando, me dijo que el último beso que le dio su madre fue así.

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