Mes: junio 2019

El viñedo rojo. El único cuadro que vendió Van Gogh en vida

Vincent van Gogh (1853-1890), pintó unos novecientos cuadros y realizó más de 1600 dibujos. Se dice que solo llegó a vender uno en toda su vida. Fue este:

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“El viñedo rojo cerca de Arlés” 1888.

” He terminado también una tela de una viña toda púrpura y amarilla con menudas figuras azules y violetas y un sol amarillo.” Cartas a Théo (Nov. 1888).

Es un cuadro simple, casi infantil, pero muy potente por los colores y el movimiento, que te atrapa y te muestra la vida en la Provenza durante la vendimia.

“Más vale ser atrevido aunque se cometan muchos errores que ser estrecho de mente y demasiado prudente”.

Así entendía V. van Gogh el Arte, pero a finales del siglo XIX los pintores academicistas consagrados lo consideraban un atrevimiento y una aberración.

Durante el otoño de 1883 en Bruselas un grupo de artistas insatisfechos se reveló contra las normas impuestas y formaron el grupo de Los Veinte, se llamaron así por ser ese el número de sus componentes, (entre ellos: Auguste Rodin, Robert Picard, Dario Regoyos, Anna Boch…) y porque se aproximaba el nuevo siglo. Entre 1884 y 1893 organizaron exposiciones anuales a las que invitaban a la vanguardia artística de París.

La exposición de 1990 contaba como artistas invitados a Toulose Lautrec, Eugène Boch, Cézanne, Pisarro y un tal Vincent van Gogh amigo personal de Eugène Boch quien había sido el que le había propuesto para la muestra. Vincent presentaba varios cuadros entre ellos dos de girasoles y “El viñedo rojo”.

 

Días antes de la inauguración cuando Henri de Groux, uno de los veinte, vio sus pinturas anunció que sus obras no se presentarían junto al abominable jarrón de girasoles de Monsieur Vicent o cualquier otro provocador, pero el resto de los artistas del grupo apoyaron a Van Gogh.

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H. de Groux, muy disgustado, dijo de él, durante la cena de la inauguración, que era un ignorante y un charlatán, esas palabras le valieron un duelo con Toulouse Lautrec que al final no se realizó porque Signac intermedió. 

Anna Boch, la única mujer que participaba en el grupo de los veinte y que ya era una reputada pintora, autora de obras como “Remendando redes” y “La cosecha”, se dice que para apoyar a su hermano Eugène que había insistido en que Van Gogh fuera uno de los participantes, compró el cuadro “El viñedo rojo” por cuatrocientos francos.

 

Lo cierto es que también era una gran coleccionista de cuadros y que tenía mucha visión de futuro. La pintura está ahora en el museo Pushkin de Moscú. 

Ninguno de sus demás cuadros se vendió.

En 1987 la sala Chiristie’s subastó uno de sus lienzos de la serie ” Los girasoles” por veintidós millones y medio de libras esterlinas. La puja apenas duró más de cinco minutos y el comprador pagó además otros dos millones y cuarto de libras en concepto de comisión de la casa de subastas. 

“Y no puedo hacer nada, ante el hecho de que mis cuadros no se vendan. Llegará un día, sin embargo, en que se verá que esto vale más que el precio que nos cuestan la pintura y mi subsistencia, de hecho, muy pobre” (25 de octubre de 1888).

Pintar el tiempo.Roman Opalka

Roman Opalka (1931-2011). Fue un artista francés de procedencia polaca que siempre estuvo obsesionado con el paso del tiempo y la eternidad.

 

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Un día de 1965 cuando esperaba a su esposa en un café de Varsovia y ella se retrasaba mucho tuvo la idea de materializar el tiempo. Lo hizo pintando en un óleo líneas de números en orden creciente, sin separarlos por comas o puntos. Fue llenando un lienzo tras otro (233 en total), con la idea de hacerlo hasta el final de su vida. Pintaba alrededor de 380 números por día con un pincel del nº cero, sobre fondo negro en lienzos con la altura correspondiente a su altura y al ancho que tenía la puerta de su estudio de Varsovia. Así nació el proyecto de su vida: “Opalka 1965/1 a infinito”

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Cuando alcanzó el número un millón, eso fue sobre 1972, fue añadiendo un 1% de blanco en cada fondo del lienzo, iba grabando en un magnetófono las series numéricas  y realizaba una foto de sí mismo delante del cuadro para dejar constancia tanto del cambio en la caligrafía de los números como en su voz y en la imagen de su persona. En 2008 se encontró pintando números blancos sobre fondo blanco, lo que llamó “Blanco merecido”.

 

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Opalka murió en Roma en 2011 a punto de cumplir los ochenta años. Llegó hasta el número 5.607.249. Su intención era alcanzar el 7.777.777 un número con un profundo significado místico y religioso para él.

“Todo mi trabajo es una sola cosa, la descripción del número uno al infinito; una sola cosa, una sola vida […] el problema es que somos, y estamos a punto de no serlo”.

Roman Opalka 5 numerología tiempo arte conceptual sociedad

Roman Opalka describió su titánico desafío como una metáfora de la existencia humana:

“El tiempo como lo vivimos y cuando lo creamos encarna nuestra progresiva desaparición; estamos al mismo tiempo vivos y frente a la muerte, ese es el misterio de todos los seres vivos”. La conciencia de este inevitable desaparición ensancha nuestras experiencias sin disminuir nuestra alegría”.

Truman Capote, en su obra “A sangre fría” (1966), también habló de la eternidad:

“¿Qué más da? En la eternidad todo es lo mismo. Porque recuerda esto: si un pájaro llevara la arena, grano a grano, de un lado a otro del océano, cuando la hubiera transportado toda, eso sólo sería el principio de la eternidad”.

No lo leas ahora. Marga Gil

“No lo leas ahora”. Esas fueron las últimas palabras que la escritora y escultora Marga Gil Roësset (1908 – 1932) le dijo a Juan Ramón Jiménez mientras le dejaba una carpeta encima de su escritorio. Contenía la revelación de su amor hacia él y la decisión de poner fin a su vida. El poeta y premio Nobel no la abrió, cuando lo hizo fue demasiado tarde. Encontraron a Marga con un disparo en la cabeza en casa de sus tíos en las Rozas, antes había destruido todas las esculturas de su estudio menos un busto de Zenobia Camprubí, la esposa de Juan Ramón. Tenía 24 años. Era el 28 de julio de 1932.
Marga Gil Roësset, pintora y escultora española, en 1932.
La carpeta contenía su diario y una declaración de amor escrita las últimas semanas de su vida:

 

“…Y es que…

Ya no puedo vivir sin ti

…no… ya no puedo vivir sin ti…

…tú, como sí puedes vivir sin mí

…debes vivir sin mí…”.

                       …

“…Y no me ves… ni sabes que voy yo… pero yo voy… mi mano… en mi otra mano… y tan contenta…

…porque voy a tu lado”

                  …

«Pero en la muerte, ya nada
me separa de ti… sólo la muerte
sólo la muerte, sola… y,
es ya… vida ¡tanto más cerca así
…muerte… cómo te quiero!».

El diario fue robado en 1939 de la casa de Juan Ramón Jiménez mientras el poeta estaba en el exilio. Parte de él fue publicado en 1997 por ABC y en 2015 se editó por la fundación Lara con el título de ” Marga ” 

Ahora se empieza a reivindicar la obra de Marga Gil, porque ella fue una niña genio, hablaba inglés, francés y alemán, practicaba deporte, escribía, esculpía, dibujaba.

Junto a su hermana Consuelo, que escribió el texto con 14 años, realizaron un libro: “El niño de Oro” en 1920, ella hizo los dibujos con 12 años.

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La primera vez que Marga Gil le escribió unas letras a Zenobia Camprubí era en la dedicatoria de ese libro, las hermanas se lo hicieron llegar por la admiración que sentían  hacia la traductora de Rabindranath Tagore: «Para ti, que no nos conoces y sin embargo ya eres nuestra amiga».

A los 15 años Marga abandonó el dibujo y se dedicó a la escultura. Su familia contactó con Victorio Macho para que la formara, pero el prestigioso escultor, al ver la extraordinaria obra de aquella muchacha, se quedó tan impresionado que rehusó darle clase para no adulterar su talento.

En 1930, con 21 años, Marga presentó una de sus esculturas en la Exposición Nacional de Bellas Artes, “Adán y Eva”. Así la explicó ella:

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…”Son «Adán y Eva, padres del género humano. Viejos como el mundo. Atlético él, fuerte como para engendrar a todos los hombres. Débil ella, apoyada en el robusto pecho del hombre, pero amplio su seno como para amamantar a toda la Humanidad».

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Este es el busto que realizó de Zenobia, a ella no le gustó, dijo que la chica se había empeñado en hacerlo pero que preferiría que se lo hubiera hecho a su gato de escayola. Tras la muerte de Marga, el matrimonio mandó hacer un aparador de roble sobre el que puso el busto esculpido por “la niña”.

Antes de morir la escultora dejó escritas tres cartas: una para sus padres, otra para su hermana Consuelo y, por último, una para Zenobia.

«Zenobita… vas a perdonarme… ¡Me he enamorado de Juan Ramón! (…)
perdóname…porque si me hubiese dicho que sí… ay… a pesar de que la idea de amistad es para mí sagrada… y tú eres mi amiga… y de verdad te quiero mucho… y me gustas mucho… pues… con ser todo eso tanto!… yo habría pasado por todo… por todo lo que fuese precioso… pero claro como soy yo sola a querer… creo mucho mejor matarme ya… que si en él no puedo… y… con él no puedo… … … perdóname Azulita… por lo que si él quisiera yo habría hecho.
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Juan Ramón Jiménez, en uno de sus libros, escribió lo que sintió al verla por primera vez:

“Sentada tenía una actitud de energía, brazos musculosos, morenos, heridos siempre de su oficio duro. Y al mismo tiempo ¡tan frágil! Llevaba el alma fuera, el cuerpo dentro».

 

 

Nueve camellos pasando por el ojo de una aguja. Willard Wigan

Willard Wigan (Birmingham, 1957) es un escultor de obras prácticamente invisibles para el ojo humano que solo pueden apreciarse mediante lupas o microscopios. 

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Las realiza con bisturíes quirúrgicos e instrumentos de alta potencia óptica, ha aprendido a trabajar entre latido y latido del corazón, aguantando la respiración para evitar cualquier movimiento.

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El Taj Mahal sobre la cabeza de un alfiler, La Última Cena dentro del ojo de una aguja, la Estatua de la Libertad, un tigre de Bengala, son algunas de sus obras más famosas.

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Durante meses, con una precisión asombrosa esculpe hasta los más mínimos detalles demostrando su teoría de que las cosas pequeñas pueden ser las más grandes.

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Todo comenzó en el colegio cuando los profesores le decían que no haría nada, que sería un fracasado. No entendía ese mundo porque para él la “Nada” no existía, la “Nada” siempre era algo, así que se escapaba de clase y se escondía en el cobertizo de su casa. Allí descubrió a las hormigas que iban y venían por el suelo y decidió hacerles la vida más fácil construyendo para ellas muebles, balancines, sombreros… Así todo empezó a cobrar sentido.

Su obra es lo opuesto a la monumentalidad, es un mundo diminuto, propio de cuentos. Es Nanofantasía.

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Usa como materiales filamentos de su propia camisa, fibras de osito de peluche, esquirlas de vidrio, alas de mosca. No utiliza pegamento, encaja las piezas por fricción o con hilos de tela de araña (altamente resistentes) 

Para él lo más difícil es mantener las manos casi inmóviles para no estropear la obra. Trabaja de madrugada evitando cualquier ruido externo, en un estado de meditación con una respiración y un ritmo cardíaco que ha aprendido a controlar.

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“Perseverancia y dedicación. Si una cosa sale mal al principio, como así será, sigue intentándolo”.