Virgilio, la mosca y la muerte

Virgilio (70 ac- 19 ac) fue uno de los grandes poetas romanos. Autor de la Eneida y las Bucólicas entre otras obras universales. Fue amigo personal de Augusto y de Mecenas. Dante admiraba tanto su obra que le hizo ser su guía y uno de los protagonistas en La Divina Comedia.

También fue conocido por ser mago y alquimista, y según las crónicas por proteger a la ciudad de Nápoles de invasiones y pestilencias escondiendo entre las paredes del Castillo del Ouvo (de allí su nombre) un huevo en una jaula de hierro. Fue un empresario de éxito con grandes propiedades agrarias que se rodeó de lujo y de éxitos.

Lo que nadie entendió de él fueron  los excesivos gastos en los preparativos de un funeral. El funeral de una mosca. Esta historia es verídica porque hay documentos históricos que acreditan que se gastó 800.000 sestercios en ello (unos 120.00 euros de hoy en día). Contrató una orquesta de 50 músicos, convocó a escritores reconocidos para que recitaran poemas e incluso llegó a construir un gran mausoleo para ella, para su mascota.

Virgilio era tan popular en Nápoles que consiguió que los hombres y mujeres más respetables de la ciudad lo acompañaran en el entierro a pesar de estar seguros de que se había vuelto loco.

Nada de eso. Lo que pasó es que debido a sus influencias sabía que el Segundo Triunvirato había aprobado una ley para la expropiación de grandes latifundios de tierras para recompensar a los soldados retirados. Solo había una excepción, no serían confiscadas las propiedades en las que hubieran tumbas. El gobierno tuvo que respetar su propia ley y Virgilio conservó intacto su patrimonio.

Virgilio murió de fiebres a los 51 años en Brindisi. En su lecho de muerte rogó a sus amigos que destruyeran su gran obra La Eneida, en la que había trabajado durante más de diez años. Murió atormentado por la idea de no haber sabido dotarla de verdad ni de trascendencia. El poema fue publicado después de su fallecimiento.

Hay una novela excepcional “La muerte de Virgilio” del escritor austriaco Hermann Broch, ​ en la que se narran sus dieciocho últimas horas de vida.

Su mausoleo está a los pies de la colina de Possillipo en Nápoles en lo que ahora es el llamado Parque Virgiliano.

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De vez en cuando entra alguna mosca despistada que ignora quien reposa allí.

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