Mes: octubre 2019

La poesía de la pintura. El pastel

En un pasado no muy lejano existió una jerarquía de las técnicas pictóricas. El oleo con su pastosidad y contundencia era más importante que las delicadas e imprecisas acuarelas hechas con agua, y estaba muy por encima de las obras al pastel considerado poco más que puro polvo coloreado.

En la Fundación Mapfre de Barcelona con la exposición “Tocar el color” ahora se reivindica ese tipo de pintura que tuvo su máximo esplendor en el siglo XVIII y que resurgió con fuerza  a finales del XIX  y principios de XX.  

Quizás no fue tan popular porque era una técnica que se usaba para el esbozo al igual que el carboncillo, porque se consideraba un medio más que una expresión. Pero lo cierto es que su fragilidad, su naturalidad es lo que le da al pastel todo su encanto.

En consecuencia con ese efecto sutil y vaporoso fue utilizado por muchas mujeres, entre ellas  la gran Rosalba Carriera (S. XVIII) y  Louise de Hem (S. XX)

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Louise De Hem. “El gato negro” (1902)

Al ser un material tan etéreo también fue usado por los Simbolistas, por artistas  que aspiraban al sueño y a la imaginación. Usaban colores oscuros, creaban neblinas, paisajes solitarios y fantasmagóricos en donde no aparecía el hombre. En donde todo estaba difuminado.

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Jean- Charles Cazin. “Una calle al anochecer” (1886-1887).

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William Degouve de Nuncques. “Interior de bosque” (1894).

 

Otro de sus máximos exponentes es el pintor Odilon Redon, uno de los pastelistas y simbolistas más reputados. Él consagra el pastel, lo convierte en polvo sagrado creando universos espirituales, imágenes que obsesionan y que atrapan.

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Odile Redon. Mujer con Velo (1895)

También hay cuadros de Jean-François Millet, Edgar Degas, Pablo Picasso, Pierre Auguste Renoir, que demuestran como el pastel puede destacar en todos los estilos pictóricos, usar cualquier tema  y trascender al simple retrato.

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Edgar Degas. “Caballos de carreras en un paisaje” (1894)

Vale la pena visitar la exposición de la Fundación Mapfre, que está en Barcelona hasta el 5 de enero de 2020, y dejarse llevar por el ambiente que crean los cuadros, sutil y sugerente. Una delicia. 

Como dijo el periodista Albert Flament en 1899:

“El pastel se ha convertido en la poesía de la pintura, mientras que el color al óleo ha seguido siendo la prosa”.

 

Spondylus. El oro rojo de los Incas

Hubo un tiempo, en otra cultura, que una criatura marina sublimó el ritual humano de la alimentación y se convirtió en el enviado de los dioses, los incas lo llamaban mullu, nosotros lo conocemos como spondylus.

Su color escarlata en el fondo del mar anunciaba la corriente del Niño, era el indicador, el augurio de lo que iba a pasar. Era la palabra de los dioses y además su regalo más preciado, su alimento divino.

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En la cultura Chimú aquella concha roja con apófisis puntiagudas, no era solo un bien material. Era Dios. El tener uno confería  a quien lo poseía un elevado estatus social y espiritual. Cuando los conquistadores descubrieron la importancia que estos moluscos tenían para los incas recogieron muchos del fondo del mar ayudados por sus hombres y sus naves. Se los cambiaron por oro despreciando su significado y pensando que estaban haciendo un gran negocio. Los indígenas tampoco entendieron ese trueque y se rieron de esos hombres que querían cambiar los regalos de sus dioses por simples metales amarillos. Así se fue acabando el oro y el mensaje sagrado de los spondylus.

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Sobre ellos Gaspar Burón y Carme García presentamos la instalación “Spondylus” en un lugar muy especial, en una pescaderia que a su vez es una sala de arte: “La Peixateria Sala de Creació Artística” de Sant Boi.

En ella se pretende recuperar el sentido de ese trueque espiritual. Imágenes, volúmenes y palabras para la gente que va a comprar pescado, que va a cambiar monedas por criaturas del mar, para que cuando absorban su esencia puedan ser pez, alga y spondylus; y así se produzca el gran intercambio. La fusión absoluta con todo lo creado.

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Carme García i Parra.

 

Escribir cansa pero consuela (E. Galeano)

Hoy he acabado de escribir una novela. Un proyecto en el que he estado trabajando intermitentemente durante cuatro años. ¿Qué siento? Satisfacción, cansancio, miedo, alegría…

Es como un parto. Es contradictorio, quieres y no quieres acabar, pero la obra se soluciona de todos modos, decide sin ti.

Solo falta ponerle nombre.

 

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Arte entre peces

Qué mejor manera de acercar el arte al público que situarlo directamente en la vida, entre las cosas cotidianas, entre lo que queremos comprar para hacer la comida.
“La Peixateria. Sala de Creació Artística” es una pescadería y una sala de exposiciones, un lugar en donde se vende pescado y en donde mientras eliges, mientras esperas a que el vendedor limpie las espinas y lo prepare, se pueden admirar obras de arte relacionadas con el mar.
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En ella el vendedor es el guía, el iniciado que presenta los productos para comer y las obras artísticas para ser vistas y sentidas.
Este proyecto innovador funciona desde mayo de 2015 y realiza exposiciones periódicamente.

En noviembre de 2016 recibió el Premio Antoni Serra de Artes Visuales de reconocimiento cultural, otorgado por el Centre D’ Estudis Comarcals del Baix Llobregat.

La Peixateria, Sala de creació artística

El local está situado en la Ciudad Cooperativa de Sant Boi de LLobregat, muy cerca de Barcelona, en un barrio obrero construido para la emigración en la época de expansión en los años sesenta.
En ese vecindario no existen la salas de arte, la gente no está acostumbrada a visitarlas ni a disfrutar en ellas porque otras cosas se imponen en su vida, pero gracias a las exposiciones, allí el arte alimenta, da vida, vive en la calle entre las nubes y los charcos, se puede ver por la ventana.

Por eso es tan importante este concepto de sala de exposiciones que hasta el momento es único en Europa, porque acerca el arte a todo el mundo y lo hace a través de los peces y el mar como lugar de intercambio y de cultura, borrando la frontera entre el Arte y la Naturaleza.

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No hay descripción de la foto disponible.

Allí se multiplican los panes y los peces en una progresión que va más allá de las cifras aritméticas.

La próxima exposición programada tratará del intercambio, de los trueques que hacían los Incas con conchas marinas a las que consideraban lo más valioso de su mundo. De los Spondylus: El oro rojo. Pero esa será otra historia.

 

Una obra de arte en serie. Las cápsulas de tiempo de Andy Warhol

“Un artista es alguien que produce cosas que las personas no necesitan tener”. 

Fue a partir de 1974, Andy Warhol ( 1928- 1987) empezó a guardar todo aquello con lo que no sabía que hacer en cajas de cartón. Lo hacía en su casa, mientras trabajaba, en su escritorio, en su estudio. Guardaba en ellas  todo lo que le sobraba. Las cajas podían contener cualquier cosa: entradas usadas de cine, recortes de uñas de los pies, páginas de periódicos, obras no vendidas, pizzas a medio comer…

En su autobiografía lo explica así:

Deberías tener una caja cada mes, llenarla de cosas y al final del mes cerrarla. Luego, le escribes la fecha y la envías a Jersey. Deberías tratar de hacerle seguimiento, pero si no puedes y la pierdes de vista, está bien, porque será una cosa menos en la que tendrás que pensar y otra carga que le quitarás a tu mente… Yo comencé utilizando camiones, y piezas raras de mobiliario, pero decidí buscar algo mejor; ahora simplemente lanzo todo en cajas marrones de cartón”.

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Así llenó 610 cajas a modo de cápsulas de tiempo, porque cuando las cerraba las enviaba a un almacén para no ser tocadas nunca más. Lo que jamás llegó a saber es que aquella acumulación de objetos sin orden ni concierto se convertiría en una obra de arte en serie en sí misma, y que formaría parte de la colección permanente del Museo Andy Warhol de su ciudad natal de Pittsburgh.

En 1994, siete años después de su muerte, se empezó a catalogar todo el material, ocupó seis volúmenes y se inventariaron más de 10.000 objetos. Una cápsula podía contener a veces hasta unos 200 artículos totalmente heterogéneos: un diario de John Lennon, pelucas de colores, un pie momificado de 2.000 años, un trozo de pastel de cumpleaños de Caroline Kennedy…

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En la exposición del Museo van rotando los contenidos de las cápsulas y en su blog se puede asistir a los momentos de la apertura de algunas de ellas. Un admirador pagó 30.000 dólares para poder abrir una.

Es una muestra que define totalmente a su artista, su manera de pensar, sus miedos, la necesidad compulsiva de la acumulación y su angustia. En el fondo todas las cajas nos hablan de la muerte y de su miedo a desaparecer.

Warhol era un hipocondríaco desde niño. No le gustaban los médicos ni soportaba los hospitales. Por desgracia tuvo que ingresar de urgencia y necesitar un quirófano en 1968 tras ser herido de  bala por una artista amiga Valerie Solanas a la cual había perdido el libreto de una de las obras que le había dejado. Desde entonces retrasó siempre todo lo que pudo la atención médica. Pero en 1987 los terribles dolores que le producían las piedras que tenía en la vesícula le obligaron a volver a pasar por quirófano para extraérsela. La operación fue bien. Él murió al día siguiente de un infarto.

Algunas de las cajas aún siguen cerradas.

“La idea no es vivir para siempre, la idea es crear algo que si lo haga”. A.W.