Día: 5 febrero, 2020

En la sala de espera. Elisabeth Bishop

Es  una de las poesías más relevantes de la literatura norteamericana escrita por Elisabeth Bishop ( 1911-1979).

Una niña acompaña a su tía Consuelo al dentista. Mientras la espera, en la sala del consultorio lee una revista del National Geographic. Sorprendida por las imágenes y las historias de caníbales, mujeres africanas desnudas y volcanes, se descubre a si misma.

Es la historia de la perdida de la inocencia de una niña de casi siete años. Es la revelación de lo que inexorablemente va a sucederle, convertirse en uno de esos adultos grises y tontos que están sentados junto a ella y que no se atreve ni a mirar a los ojos, lo que va a ser su lugar en el mundo, y en el parecido con su propia tía a la que desprecia. El descubrimiento de su identidad de mujer.

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EN LA SALA DE ESPERA

En Worcester, Massachusetts,
fui a acompañar a tía Consuelo
a una cita con el dentista
y me senté a esperarla
en la sala de espera.
Era invierno. Oscurecía
temprano. La sala de espera
estaba llena de adultos,
zapatones de goma y abrigos,
lámparas y revistas.
Mi tía estuvo lo que me pareció
un largo rato adentro
y mientras esperaba leí
el National Geographic
(ya sabía leer) y examiné
en detalle las fotografias:
el interior de un volcán,
negro y lleno de cenizas;
luego aparecía vomitando
riachuelos de fuego.
Osa y Martin Johnson
vestidos con pantalones de montar,
botines y cascos protectores.
Un hombre muerto colgando de un poste
—«Carne para caníbales», leía la inscripción.
Bebés con las cabezas afiladas,
enrolladas en espiral con cordón;
negras desnudas con los cuellos
enrollados en espiral con alambre
como los cuellos de las bombillas eléctricas.
Sus senos eran horribles.
Lo leí todo sin ninguna pausa.
Era demasiado tímida para detenerme.
Luego miré la portada:
los márgenes amarillos, la fecha.

De repente, de adentro
surgió un ¡ah! de dolor
—la voz de tía Consuelo—
ni muy escandaloso ni muy prolongado.
No me sorprendió en lo absoluto;
para entonces ya sabía que ella era
una mujer tímida y tonta.
Podía haberme sentido avergonzada,
pero no lo estaba. Lo que me tomó
enteramente por sorpresa
fue que resulté ser yo:
mi voz, en mi boca.
Sin darme cuenta
yo era mi tonta tía.
Caía —ambas— caíamos y seguíamos cayendo,
con nuestros ojos fijos en la portada
del National Geographic,
febrero de 1918.
Me dije: dentro de tres días
vas a tener siete años.
Lo decía para detener
la sensación de estar cayéndome
del mundo redondo que seguía girando,
hacia el frío espacio negri-azul.
Pero sentí: tú eres un yo,
eres una Elizabeth,
eres una de ellas.
¿Por qué también tú debes serlo?
Apenas me atrevía a mirar
para averiguar qué es lo que yo era.
Miré de reojo
—no podía mirar de frente—
las sombreadas rodillas grises,
los pantalones, las faldas y las botas
y los diferentes pares de manos
reposando bajo las lámparas.
Sabía que nada tan raro
había sucedido antes, que nada
más raro podría suceder jamás.
¿Por qué debía ser yo mi tía,
o yo misma, o cualquier otra persona?
¿Qué semejanzas—
botas, manos, la voz de nuestra familia
que sentía en mi garganta, o incluso
el National Geographic
y esos terribles senos colgando—
nos mantenían unidas
o hacían de todas una sola?
Cuán —no sabía ninguna palabra
que pudiera describirlo— «improbable»…
¿Cómo había llegado yo aquí,
igual que ellas, y oído por casualidad
un quejido que pudo tornarse
grito pero que no lo fue?

La sala de espera era calurosa
y estaba bien iluminada y se desvanecía
bajo una gigantesca ola negra,
otra ola y otra ola más.

Entonces volví a sentirme otra vez en ésta.
La Guerra continuaba. Fuera de la sala,
en Worcester, Massachusetts,
la noche estaba ahí y la nieve derretida y el frío,
y aún era el cinco
de febrero de 1918.

 

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En el ejemplar de febrero de 1918 sí que había un reportaje sobre volcanes, pero ninguno sobre los otros temas de los que habla. Al preguntarle a la escritora sobre ello comentó sin darle importancia: “Estarían en el número siguiente” . No estaban.

Sin duda lo fundamental para Bishop fue esa entrada en la edad de la razón y de la conciencia, en los siete años, la edad de empezar a acercarte a lo que eres.

Elisabeth Bishop obtuvo el Premio Pulitzer de poesía en 1956. Vivió y escribió gran parte de su obra en Brasil junto a la que durante años fue su pareja, la arquitecta Lota de Macedo Soares. Nunca fue una mujer convencional.