Cartas desde mi celda

Cualquier confinamiento aunque sea en el más hermoso de los paraísos propicia la reflexión. Gustavo Adolfo Bécquer se recluyó en el monasterio de Veruela junto a su hermano Valeriano  para intentar curar su tuberculosis. Su primera estancia fue durante el invierno de 1864 y hasta la primavera de 1865.

 

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Ambos hermanos pintaban y dibujaban, su padre había sido un reconocido pintor, pero Gustavo Adolfo ante todo era ya escritor y poeta. Su primera estancia en Veruela (Alcalá de Moncayo) fue desde el invierno de 1864  hasta gran parte de la primavera siguiente.

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Gustavo Adolfo dibujado por Valeriano en Veruela (1864)

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“Concierto de espectros” Gustavo Adolfo (1860)

Allí escribió nueve cartas (en realidad la última fue escrita en Madrid)  que fueron siendo publicadas periódicamente por el diario madrileño “El Contemporáneo” y que luego se convertirían en el libro “Cartas desde mi celda”.

https://es.wikisource.org/wiki/Cartas_desde_mi_celda  (texto completo).

Son crónicas del día a día, de las costumbres de aquellos pueblos, con descripciones preciosistas de todo cuanto le rodeaba. Hay cartas escritas  a modo de leyenda:  la sexta habla de la ejecución de una hechicera “La tía Casca”, la siete y la ocho son cuentos de brujas y de brujerías, y la novena habla del monasterio de Veruela. 

En todas hay un elogio a la vida y a la naturaleza, pero de una manera u otra en todas está presente la muerte.

En la tercera carta habla de su propio entierro, tenía 28 años cuando la escribió, moriría seis años después:

… ¡Vivir!… Seguramente que deseo vivir, porque la vida, tomándola tal como es, sin exageraciones ni engaños, no es tan mala como dicen algunos; pero vivir oscuro y dichoso en cuanto es posible, sin deseos, sin inquietudes, sin ambiciones, con esa felicidad de la planta que tiene a la mañana su gota de rocío y su rayo de sol; después un poco de tierra echada con respeto y que no apisonen y pateen los que sepultan por oficio; un poco de tierra blanda y floja que no ahogue ni oprima; cuatro ortigas, un cardo silvestre y alguna hierba que me cubra con su manto de raíces, y por último, un tapial que sirva para que no aren en aquel sitio, ni revuelvan los huesos.

He aquí hoy por hoy todo lo que ambiciono. Ser un comparsa en la inmensa comedia de la humanidad; y concluido mi papel de hacer bulto, meterme entre bastidores, sin que me silben ni me aplaudan, sin que nadie se aperciba siquiera de mi salida.

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El copo y la Rueca (1855) Gustavo A. Bécquer

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Bizarrías (1855) Gustavo A. Bécquer

Sin duda la muerte estuvo presente en casi todos los momentos de su vida, pero lo fue de una manera irónica muy al estilo postromántico, gracias a ello y al aislamiento al que a veces tuvo que someterse pudo escribir lo que escribió. Tal como él dijo: 

 

“La soledad es el imperio de la conciencia”

 

 

 

8 comentarios

  1. Reblogueó esto en Acuarela de palabrasy comentado:
    Gracias enelcampodelavanda por traernos esta historia “romántica”, y oportuna de contar ahora! Pero la mayoría estamos muy lejos de ser un Bécquer que, en sus encierros, escribe y tal como él lo hizo… No nos resulta nada fácil el aislamiento… aunque tenemos la Internet en casa… y él no la tuvo…

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  2. Me has despertado por completo mi curiosidad por esta obra. Me gustan mucho esos parajes.
    Alberto Mrteh (El zoco del escriba)

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