Tocar a un dios

En Perú está la cuna de la cultura Chavín (1500-300 ac), en la localidad de Chavín de Huántar. Dentro de un templo sagrado al que llaman “El castillo” que tiene forma de pirámide truncada está “El Lanzón”. Es un monolito de más de cuatro metros grabado con símbolos geométricos ancestrales al que ofrendaban la sangre  de las víctimas sacrificadas en su culto. El precioso fluido iba recorriendo todas sus formas confiriéndole el poder de la vida.

El Lanzón, no era un símbolo, no era una representación de la divinidad. Era Dios.

Estaba al final de un laberinto pétreo contenido en la pirámide real, iluminado por estratégicas aberturas en las paredes y por antorchas. Solo podía ser visto por los sacerdotes, quizás también por las víctimas en sus últimos momentos.

Hace muchos años pude entrar allí, verlo con la luz del fuego prendido en las paredes, igual que lo vieron ellos, oler sus piedras milenarias. Recuerdo que pensé, pobre dios, ahora se puede pagar a un guía para que te lo muestre y explique su historia. ¿Cómo puede creer alguien que una piedra es la generadora de la vida, la protectora del orden cósmico, la energía máxima?

El espacio en donde estaba era muy estrecho, a penas cabíamos  dos personas a su alrededor. A pesar de mi juventud y de mi escepticismo el ambiente era extraño, asfixiante, nadie habló dentro, ni tan siquiera el guía. Ahora voy a tocar a Dios, pensé, a ver qué se siente. Alargué el brazo, empecé a acercar la mano que se reflejó en el ídolo bailando con la luz de las candelas de la pared. La sombra de mi mano estaba en él, dentro suyo. No sentí nada, pero me fue imposible tocarlo.

Para poseerlo, para retenerlo de alguna manera en mi, le hice una foto, una foto que salió mal, movida, desdibujada por la poca iluminación y la precariedad de la cámara. Ayer la encontré en un álbum antiguo. No, no pude tocar al dios, pero él me regaló algo. Al ver y tener en las manos aquella imagen volví a estar en Perú, volví a oler el templo, la sangre que corrió por sus grabados, el peso de la mochila en mi espalda, volví a tener veinte años.

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