Cine

Su mejor historia. (Their Finest)

Agosto en Barcelona, 18 horas, 30 grados y humedad del 75%. Solución: ir al cine a ver lo que sea.

Lo que sea fue una sorpresa. Su mejor historia ( Lone Scherfig, 2016) es una película dentro de una película.

El titulo inglés original (Their Finest) deriva de una cita de Winston Churchill, quien en un discurso pronunciado en el Parlamento en 1940 dijo: “Por lo tanto, nos apoyamos en nuestros deberes, y así soportemos que si el Imperio Británico y su Commonwealth duran mil años, los hombres seguirán diciendo: ‘Esta fue su mejor hora’ (‘This was their finest hour’)”.

En Londres, en plena Segunda Guerra Mundial, un grupo de cineastas recibe el encargo de realizar una película patriótica que levante el ánimo de las tropas en esos momentos cruciales y que conmueva a los espectadores ingleses. Para ello contratan a Catrin Cole (Gemma Arterton), una secretaria que tendrá que escribir el guión proporcionándole una visión femenina y lo hará enfrentándose a sus compañeros varones.

El planteamiento ya es de por sí interesante, pero lo mejor es la descripción del proceso creativo, de los recursos literarios, de cómo parir una historia a partir de un hecho puntual que ni siquiera fue cierto y poder decir que está basado en hechos reales. La protagonista Catrin Cole (Gemma Artenton se opone porque sabe que no es verdad, que no pasó así, pero su compañero Tom Buckley (Sam Clafin) le dice que no está basada en un hecho real sino en miles de casos reales y eso la convence.

Otro de los diálogos entre los dos, rivales, pero cómplices que se admiran, decía algo más o menos así:

La gente va al cine para ver historias que tienen estructura, que tienen una intención, que quieren decir algo porque eso no lo encuentran en la vida. En la vida nada tiene sentido, en el cine sí.

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Refleja muy bien la lucha de la mujer por equipararse al hombre en oportunidades y derechos y  por ser reconocida en una sociedad en donde los hombres temen que no vuelvan a sus tareas cuando la guerra termine.

Destaca la interpretación del genial Bill Nighy en el papel del actor Ambrose Hilliard, vieja gloria del cine que no acepta  su decadencia, pero que hace el papel porque como le dice a Catrin:  “Dar la espalda a esas oportunidades ¿no sería dar a la muerte el dominio sobre la vida?  y la fugaz aparición de Jeremy Irons como el secretario de guerra.

Their Finest Hour and A Half Directed by Lone Sherfig

 

Muy recomendable para todos los escribientes. Hay un momento de la película en el que a Catrin le rechazan el guión y le dicen que lo reduzca a la mitad:

-¿Pero qué puedo quitar?

-Quite lo que sobre.

 

 

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GABRIELLE Y JEAN

Cuando ella está con él, el mundo deja de girar. No importa que aún no estén peladas las patatas ni que se queme la comida. Gabriele juega con Jean. Con una mano le muestra un buey de madera y  lo hace correr por la mesa, sabe que eso le divierte, que él intentará imitarla con sus manos gordezuelas; con el otro brazo le sostiene.

Jean no es su hijo, pero es su niño, lo más importante de su vida, por quien no importan patatas, comida, ni dueños. Ni tan siquiera el rizo indómito que escapa de su pelo.

 

 Gabrielle Renard era prima lejana de Aline Renoir, a los quince años entró a trabajar en casa del matrimonio  como sirvienta y niñera de Jean, el segundo hijo de la pareja. Pronto se convirtió en la musa favorita del pintor que la retrató como criada, leyendo, cosiendo (su propia mujer, Aline, había sido costurera), enjoyada, desnuda…

Ensalzó la figura de la mujer en todas sus formas y papeles con una sensibilidad y ternura muy difíciles de igualar.

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En 1921 Gabrielle deja la casa de los Renoir para casarse con un millonario americano y se va a los Estados Unidos. Al enviudar en 1950 se traslada a Beverly Hills muy cerca de la residencia de Jean Renoir que por entonces ya era famoso en Hollywood como director cinematográfico. Siempre mantuvieron una estrecha relación.

Ella fue la primera que le llevó al cine de pequeño.

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                                      Gabrielle Renard y Jean Renoir.

 

El cuadro “Gabrielle y Jean” de Pierre-Auguste Renoir (1895) se puede ver en Barcelona en la exposición Mafre hasta el ocho de febrero de 2017.

EL VELO DE MÁRMOL

Pocas obras escultóricas superan en técnica y en belleza a “La Virgen del velo”. El efecto de transparencia, de suavidad  del velo casi le confiere movimiento, parece que respire a través de él. Fue esculpida  por Giovanni Strazza (1818-1875) en mármol de Carrara, uno de los elementos más duros de la tierra. Para trabajarlo se ha de ir vaciando la piedra con mucho cuidado, pero a la vez con fuerza, para no dañarla. Así es cómo define la creación escultórica Miguel Ángel Buonarotti:

« En cada bloque de mármol veo una estatua tan clara como si se pusiera delante de mí, en forma y acabado de actitud y acción. Sólo tengo que labrar fuera de las paredes rugosas que aprisionan la aparición preciosa para revelar a los otros ojos como los veo con los míos. »

Es liberar a la piedra de lo innecesario para que emerja lo esencial.

Pero a esta Madonna, que debía representar a Italia como Britania a Inglaterra o Hibernia a Irlanda, Strazza le conservó el velo que, como ella, también se ocultaba en la piedra. Y eso no sólo la liberó del mármol sino que la hizo brillar, la hizo eterna  a través de él.

“No levantes el velo pintado que los vivos llaman vida”… Así empieza la poesía de Percy Shelley “El velo pintado”. En ella se inspiró W. Somerset para escribir la novela del mismo nombre del cual se han hecho dos películas una de Richard Boleslawski en 1934  y  otra de  John Curran en 2006.

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EL VELO PINTADO

 

No levantes el velo pintado que los vivos
llaman vida, aunque formas irreales represente,
imagen engañosa de aquello en que creemos,
con colores dispersos. Detrás acechan miedo
y esperanza, destinos gemelos que entretejen
sus sombras en la sima sombría y encubierta.
A un hombre conocí de corazón sensible
que levantó ese velo buscando algo que amar,
pero no encontró nada, ni tampoco las cosas
que contiene este mundo podían agradarle.
Ignorado vivía; era luz en las sombras,
una mancha brillante en esta escena turbia,
un alma que luchaba por la verdad y nunca,
como el Predicador, la pudo hallar en nada.

                           P. Shelley

El verdadero protagonista de todas esas maravillosas obras es “el velo”. En la escultura de Strazza representa  la castidad, la modestia, el duelo. En la poesía, Shelley , lo compara con la vida y advierte que tras él muchas veces no se esconde amor sino sólo miedo y oscuridad. En el libro de W.Somerset, que toma el título del poema, representa lo que oculta la verdadera naturaleza de los humanos y cómo a veces aunque caminan juntos nunca se acaban de conocer ni llegan a imaginar de lo que son capaces: “A veces el viaje más largo es la distancia entre dos personas”.

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 Todos son velos que a pesar de ser tenues, traslúcidos, sutiles, pesan.

 

 

EL ALZHEIMER O EL ARTE DE PERDER. PORQUE NADA SE PIERDE PARA SIEMPRE.

Una de las cosas buenas de las vacaciones es que a veces aprovechas y haces eso que te gusta y que tienes en la lista de cosas pendientes, como leer aquel libro, ir a esa exposición, ver una película que se te pasó.

“Still Alice” no se me pasó, no la vi en su día porque me enfadé con el título que aquí se tradujo como “Siempre Alice”, porque siempre no es lo mismo que aún. Aún es: ahora quizás sí, pero mañana no lo sé. De eso va la película, eso es el Alzheimer. Quienes tenemos a alguien muy querido con ese problema sabemos muy bien lo importante que es esa diferencia.

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No sé si me gustó mucho la película, estoy demasiado implicada para ser imparcial, pensé. Pero encontré dos cosas geniales en ella. Una poesía de Elisabeth Bishop que siempre (aquí sí es siempre) me ha encantado y que dice así:

El arte de perder

No, no es difícil adquirir el arte de perder
hay tantas cosas empeñadas en
perderse, que su pérdida no importa.

Pierde algo cada día, acepta el río
de llaves que se pierden, horas malgastadas.
No, no es difícil adquirir el arte de perder.

Practica entonces perder más, más rápido:
nombres, lugares, ¿para adónde ibas?
Ninguna de estas cosas es un desastre.

Perdí el reloj de mi madre, y -fíjate- la última
o la penúltima casa querida que tuve.
No, no es difícil adquirir el arte de perder.

Perdí mis dos adoradas ciudades, e incluso
algunos sitios de los que era dueña, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no es un desastre.

Incluso si te pierdo a ti (tu voz bromista, esos gestos
que adoro) no habré mentido. Es obvio
que el arte de perder no cuesta tanto adquirirlo
aunque por momentos parezca que (¡escríbelo!) sí es un desastre.

 *****

            La segunda cosa que me encantó fue el final de la película, cuando Lydia le lee a Alice, su madre (que ya tiene la capacidad cognitiva muy deteriorada), algo que ha escrito para ella. Dice así:

             —…Porque nada se pierde para siempre. En este mundo hay una especie de progreso doloroso. Añoramos lo que dejamos atrás y soñamos con lo que vendrá… Al menos creo que es así. Ya está.

            Y después le pregunta:

            —¿Te ha gustado, mamá?¿ Lo que acabo de leer te ha gustado? ¿De qué? ¿De qué trataba?

Alice balbucea, y dice sonriendo:

            —Amor, sí amor.

            Ella primero piensa que su madre no ha entendido nada, pero enseguida se da cuenta de que en lo más profundo todo es así.

            —Sí, mamá, trataba del amor.

 

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NO ENTRES DOCILMENTE EN ESA NOCHE QUIETA

 

Es el título del poema que hizo de Dylan Thomas (Swansea  1914-Nueva York 1953) ante la muerte de su padre. Lo había leído muchas veces, pero he encontrado este pequeño vídeo que pertenece a la película “Interstellar” de Christofer Nolan, 2014.

No puedo dejar de escucharlo. La voz hipnótica de quien lo recita me transporta a lo más profundo de mi propia rabia por la agonía de la luz. A la rabia por ese final ineludible que todos sabemos, pero que nunca acabamos de creer cierto en nosotros.

Sí, con el tiempo uno aprende a aceptar la muerte, pero es imposible doblegarse sin condiciones a ella por muy justas que sean la tinieblas.

“Y tú mi padre allí en tu triste apogeo maldíceme, bendíceme ahora que imploro con la vehemencia de tus lágrimas. No entres dócilmente en esa noche quieta”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA SEGUNDA VEZ

Ayer volví a ver la película “El último Concierto”. Me impresionó más que la primera vez, quizás porque al saber lo que esperaba puede descubrir los detalles y ví lo que no se ve:

El concierto Opus 131 de Beethoven. Aquí lo incluyo integro, treinta y ocho minutos concebidos para ser interpretados sin pausas, lo que no permite afinar los instrumentos durante la ejecución de la pieza sino irlos adaptando a las variaciones de los demás músicos. En eso radica parte de su grandeza, es la misma manera con la que se interpreta nuestra vida.

 

 

 

Y un poema: Old Men de Ogden Nash. Una niña,  con su voz infantil, con su capacidad de leer recién estrenada, recita una poesía escrita en un vagón del metro de Nueva York. Nadie le presta atención, ni tan siquiera se dan cuenta de lo que está diciendo:

 

 

VIEJOS

 

La gente espera que los viejos se mueran,

nadie en realidad lleva luto por los viejos.

Los viejos son diferentes. La gente los mira

con ojos que se preguntan cuándo…

La gente los observa con impávidos ojos,

pero los viejos saben cuando un viejo se muere.

 

 

OLD MEN

 

People expect old men to die,

They do not really mourn old men.

Old men are different. People look

At them with eyes that wonder when…

People watch with unshocked eyes;

But old men know when an old man dies.

Ogden Nash (1902-1971)

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Eso de que segunda partes nunca fueron buenas no es siempre verdad.