Elisabeth Bishop

En la sala de espera. Elisabeth Bishop

Es  una de las poesías más relevantes de la literatura norteamericana escrita por Elisabeth Bishop ( 1911-1979).

Una niña acompaña a su tía Consuelo al dentista. Mientras la espera, en la sala del consultorio lee una revista del National Geographic. Sorprendida por las imágenes y las historias de caníbales, mujeres africanas desnudas y volcanes, se descubre a si misma.

Es la historia de la perdida de la inocencia de una niña de casi siete años. Es la revelación de lo que inexorablemente va a sucederle, convertirse en uno de esos adultos grises y tontos que están sentados junto a ella y que no se atreve ni a mirar a los ojos, lo que va a ser su lugar en el mundo, y en el parecido con su propia tía a la que desprecia. El descubrimiento de su identidad de mujer.

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EN LA SALA DE ESPERA

En Worcester, Massachusetts,
fui a acompañar a tía Consuelo
a una cita con el dentista
y me senté a esperarla
en la sala de espera.
Era invierno. Oscurecía
temprano. La sala de espera
estaba llena de adultos,
zapatones de goma y abrigos,
lámparas y revistas.
Mi tía estuvo lo que me pareció
un largo rato adentro
y mientras esperaba leí
el National Geographic
(ya sabía leer) y examiné
en detalle las fotografias:
el interior de un volcán,
negro y lleno de cenizas;
luego aparecía vomitando
riachuelos de fuego.
Osa y Martin Johnson
vestidos con pantalones de montar,
botines y cascos protectores.
Un hombre muerto colgando de un poste
—«Carne para caníbales», leía la inscripción.
Bebés con las cabezas afiladas,
enrolladas en espiral con cordón;
negras desnudas con los cuellos
enrollados en espiral con alambre
como los cuellos de las bombillas eléctricas.
Sus senos eran horribles.
Lo leí todo sin ninguna pausa.
Era demasiado tímida para detenerme.
Luego miré la portada:
los márgenes amarillos, la fecha.

De repente, de adentro
surgió un ¡ah! de dolor
—la voz de tía Consuelo—
ni muy escandaloso ni muy prolongado.
No me sorprendió en lo absoluto;
para entonces ya sabía que ella era
una mujer tímida y tonta.
Podía haberme sentido avergonzada,
pero no lo estaba. Lo que me tomó
enteramente por sorpresa
fue que resulté ser yo:
mi voz, en mi boca.
Sin darme cuenta
yo era mi tonta tía.
Caía —ambas— caíamos y seguíamos cayendo,
con nuestros ojos fijos en la portada
del National Geographic,
febrero de 1918.
Me dije: dentro de tres días
vas a tener siete años.
Lo decía para detener
la sensación de estar cayéndome
del mundo redondo que seguía girando,
hacia el frío espacio negri-azul.
Pero sentí: tú eres un yo,
eres una Elizabeth,
eres una de ellas.
¿Por qué también tú debes serlo?
Apenas me atrevía a mirar
para averiguar qué es lo que yo era.
Miré de reojo
—no podía mirar de frente—
las sombreadas rodillas grises,
los pantalones, las faldas y las botas
y los diferentes pares de manos
reposando bajo las lámparas.
Sabía que nada tan raro
había sucedido antes, que nada
más raro podría suceder jamás.
¿Por qué debía ser yo mi tía,
o yo misma, o cualquier otra persona?
¿Qué semejanzas—
botas, manos, la voz de nuestra familia
que sentía en mi garganta, o incluso
el National Geographic
y esos terribles senos colgando—
nos mantenían unidas
o hacían de todas una sola?
Cuán —no sabía ninguna palabra
que pudiera describirlo— «improbable»…
¿Cómo había llegado yo aquí,
igual que ellas, y oído por casualidad
un quejido que pudo tornarse
grito pero que no lo fue?

La sala de espera era calurosa
y estaba bien iluminada y se desvanecía
bajo una gigantesca ola negra,
otra ola y otra ola más.

Entonces volví a sentirme otra vez en ésta.
La Guerra continuaba. Fuera de la sala,
en Worcester, Massachusetts,
la noche estaba ahí y la nieve derretida y el frío,
y aún era el cinco
de febrero de 1918.

 

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En el ejemplar de febrero de 1918 sí que había un reportaje sobre volcanes, pero ninguno sobre los otros temas de los que habla. Al preguntarle a la escritora sobre ello comentó sin darle importancia: “Estarían en el número siguiente” . No estaban.

Sin duda lo fundamental para Bishop fue esa entrada en la edad de la razón y de la conciencia, en los siete años, la edad de empezar a acercarte a lo que eres.

Elisabeth Bishop obtuvo el Premio Pulitzer de poesía en 1956. Vivió y escribió gran parte de su obra en Brasil junto a la que durante años fue su pareja, la arquitecta Lota de Macedo Soares. Nunca fue una mujer convencional. 

 

EL ALZHEIMER O EL ARTE DE PERDER. PORQUE NADA SE PIERDE PARA SIEMPRE.

Una de las cosas buenas de las vacaciones es que a veces aprovechas y haces eso que te gusta y que tienes en la lista de cosas pendientes, como leer aquel libro, ir a esa exposición, ver una película que se te pasó.

“Still Alice” no se me pasó, no la vi en su día porque me enfadé con el título que aquí se tradujo como “Siempre Alice”, porque siempre no es lo mismo que aún. Aún es: ahora quizás sí, pero mañana no lo sé. De eso va la película, eso es el Alzheimer. Quienes tenemos a alguien muy querido con ese problema sabemos muy bien lo importante que es esa diferencia.

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No sé si me gustó mucho la película, estoy demasiado implicada para ser imparcial, pensé. Pero encontré dos cosas geniales en ella. Una poesía de Elisabeth Bishop que siempre (aquí sí es siempre) me ha encantado y que dice así:

El arte de perder

No, no es difícil adquirir el arte de perder
hay tantas cosas empeñadas en
perderse, que su pérdida no importa.

Pierde algo cada día, acepta el río
de llaves que se pierden, horas malgastadas.
No, no es difícil adquirir el arte de perder.

Practica entonces perder más, más rápido:
nombres, lugares, ¿para adónde ibas?
Ninguna de estas cosas es un desastre.

Perdí el reloj de mi madre, y -fíjate- la última
o la penúltima casa querida que tuve.
No, no es difícil adquirir el arte de perder.

Perdí mis dos adoradas ciudades, e incluso
algunos sitios de los que era dueña, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no es un desastre.

Incluso si te pierdo a ti (tu voz bromista, esos gestos
que adoro) no habré mentido. Es obvio
que el arte de perder no cuesta tanto adquirirlo
aunque por momentos parezca que (¡escríbelo!) sí es un desastre.

 *****

            La segunda cosa que me encantó fue el final de la película, cuando Lydia le lee a Alice, su madre (que ya tiene la capacidad cognitiva muy deteriorada), algo que ha escrito para ella. Dice así:

             —…Porque nada se pierde para siempre. En este mundo hay una especie de progreso doloroso. Añoramos lo que dejamos atrás y soñamos con lo que vendrá… Al menos creo que es así. Ya está.

            Y después le pregunta:

            —¿Te ha gustado, mamá?¿ Lo que acabo de leer te ha gustado? ¿De qué? ¿De qué trataba?

Alice balbucea, y dice sonriendo:

            —Amor, sí amor.

            Ella primero piensa que su madre no ha entendido nada, pero enseguida se da cuenta de que en lo más profundo todo es así.

            —Sí, mamá, trataba del amor.

 

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