Gaspar Burón.

El jardín de mi vida. Gaspar Burón

En el principio fue el Edén, un espacio de belleza, armonía y abundancia en donde nada necesitaba cambiar porque la perfección no admite cambios. Es lo que llamamos felicidad y que nunca dejamos de añorar.

 Pero ¿Y si no lo hubiéramos perdido? ¿Y si lo tuviéramos muy cerca? ¿Y si cada uno de nosotros fuéramos el jardín?

Gaspar Burón en “El jardín de mi vida” nos ofrece su cuerpo como espacio sagrado, como territorio en donde se recrean los sentidos, como campo fértil de cultivo.

En ese jardín él es arquitecto y jardinero. En él planta setos bajos con sus pies, construye piscinas secas con su ombligo, hace crecer césped de su torso, flores de sus pezones, hortalizas de su nariz y de su boca. Allí las orejas se convierten en árboles delicadamente podados, las manos en frondosos arbustos. Allí sus ojos son estanques.

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Su obra nos permite pasear por escenarios en permanente transformación en donde el paso del tiempo es muy visible, a diferencia del jardín del Edén. En esos lugares la naturaleza es sometida por los hombres y no por los dioses.

Su jardín es un espacio de contemplación, de reflejos en las aguas de la memoria y está abierto al público, porque todos podemos recrearnos en él, pero que tiene secretos, los que nacen de la experiencia y de la sabiduría y que solo son otorgados a la persona que lo construye.

Gaspar Burón nos invita a disfrutar, a compartir el olor de las flores, la sombra de los árboles, la armonía de los setos reflejados en el agua del estanque. A reflexionar sobre nuestro propio jardín y reconocernos como únicos creadores de lo que somos y vivimos.

Así lo decía Fernando Pessoa: “Sigue tu destino, riega tus plantas, ama tus rosas. El resto es la sombra de árboles ajenos”.

 

 

Arbustos

 

 

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NADANDO EN LA MEMORIA

Nunca había visto tantas perdices juntas dentro de una casa, y no sólo pájaros, también nidos, huevos, plumas. Era la víspera de la Fira de la Perdiu de Vilanova de Meià y Gaspar Burón se encargaba de toda la ornamentación del pueblo. En su casa empezaba La Fira, y  pájaros de yeso, de papel, de cartón esperaban quietos, obedientes a que les fuera asignado un acomodo en las plazas y calles del pueblo.

Él es un artista que trabaja así, se sumerge en lo que hace, se da a ello hasta fundirse en su obra y su obra forma parte de él, por eso los materiales que utiliza son materiales vividos, encontrados en el bosque, creados por las llamas del fuego que arde en la chimenea de su casa, embalajes, cartones de la vida diaria transformados por su alquimia interna.

Este fin de semana participó en una exposición colectiva en Barcelona, en un lugar muy suyo, en su Atanor, su taller de trabajo. Su obra impacta nada más verla al entrar. Ocupa toda una pared.

Es inquietante y uno no sabe por qué, no es por lo grande, está formada por figuras relativamente pequeñas. No son los colores azules, marrones y blancos, porque son suaves y combinan bien entre sí. No es por el material utilizado de  envoltorios cotidianos que son tan armónicos que hacen que su origen pase desapercibido.

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Cuando explica su significado se entiende: Es el Alzehimer.

Como profesional sé que esa enfermedad es una degeneración neuronal debida a depósitos de amiloide en el cerebro que destruye las sinapsis y hace que las neuronas no se comuniquen entre sí, como hija de alguien que la padece sé que es como si la información nadara a la deriva en el cerebro hasta acabar naufragando. Los demás síntomas todos los conocemos. Sí, Ese cuadro es el Alzehimer.

Gaspar Burón nada en esas aguas para sobre vivir a la desintegración, al olvido de las personas amadas  cuando la vejez las transforma en seres sin pasado, sin casi presente, con una realidad futura inexorable, aunque liberadora.

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Cuando todo ha pasado los trazos dejan una estructura que es capaz de resucitar la vida. Son los recuerdos que ellos imprimen en nuestra memoria.

Aún conmovida, me giro y veo entre sus demás obras una foto extraña. Son las marcas que deja en la pared el polvo, las palabras que han sido dichas, lo que se ha vivido. Es la huella que queda cuando lo que nos acompaña se va.

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Porque nada desaparece para siempre.