Lord Byron

Las calaveras pintadas y la copa de Lord Byron

En todas las civilizaciones desde tiempos inmemoriales ha habido un culto a los restos humanos, unas veces por respeto a los antepasados, por superstición, como reliquias poseedoras de capacidades sanadoras; otras, algo más lúgubres, apilando los huesos en osarios y formando composiciones artísticas, incluso lámparas para la decoración de una iglesia como esta en Sedlec (República Checa).
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En el pequeño pueblo de Hallstatt (Austria) junto a la iglesia de Santa María se encuentra la Karner Beinhaus o casa de los huesos. Allí se guardan infinidad de calaveras decoradas, la mayoría de ellas datan de antes de 1890. 
Cuando los restos del fallecido eran exhumados los cráneos eran limpiados y pintados con diversos motivos, flores, serpientes, cruces, etc.
El mismo sepulturero se encargaba de decorarlas. 
Casi las dos terceras partes de las calaveras pintadas eran de hombres. Esto se debía en parte al hecho de que las mujeres solían vivir más que sus esposos, por lo que podían ocuparse de sus restos. En cambio la calavera de una viuda se dejaba a cargo de los hijos u de otros parientes que no estaban tan dispuestos a pagar para que la decorasen.
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Para poder exponer el cráneo allí, se debían cumplir dos requisitos, ser natural del pueblo y haberlo dejado escrito en el testamento. La última incorporación es del año 1998.
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Otra historia que llama la atención es la de la existencia de una copa que mandó hacer Lord Byron con la bóveda de un cráneo humano. Lo encontró en la Abadia de Newstead en su época de estudiante y le encargó a un orfebre que la puliera y le añadiera una inscripción. Con ella celebraba sus brindis en las cenas estudiantiles y durante los “festines poéticos”
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He aquí la poesía que compuso para ella:
Espera, no creas que mi espíritu huyó.
Contempla en mí a la única calavera
de la que, al contrario que de una cabeza viva,
nunca salen tonterías.
Yo viví, amé y bebí con placer, como tú.
Y ahora estoy muerto. ¡Que la tierra renuncie a mis huesos!
Tú lléname, no puedes ofenderme,
Pues el gusano tiene labios aún más viles.
Mejor es contener chispeante uva
que albergar a la viscosa cría del gusano;
mejor es abrazar como copa
bebida de dioses que ser comida de reptiles.
Donde quizá alguna vez brilló mi ingenio,
hazme brillar para otros,
pues cuando desaparecen los sesos, ay,
¿qué sustituto puede existir más noble que el vino?
Bebe ávidamente mientras puedas.
Cuando tú y los tuyos, como yo lo fui, seáis aniquilados,
quizá otra estirpe te salve del abrazo de la tierra,
escriba versos y se deleite con los muertos.
¿Por qué no? Ya que durante el breve día de la vida
nuestras cabezas engendran efectos tan tristes,
una vez limpias de gusanos y sucio barro,
al menos pueden ser útiles.
“Lines inscribed upon a cup formed from a Skull (1808)”.
Lord Byron

 

 

SAN JUAN DENTRO DEL FUEGO

El verano, mi verano de la infancia, empezaba la noche de San Juan. En el barrio se amontonaban los trastos viejos en un chaflán y entre todos los vecinos encendíamos una hoguera. Un fuego enorme entre  coches, semáforos y casas. Un fuego que calentaba la noche más corta y que la hacía luminosa, especial, fantástica.

Yo no sabía bien para qué, ni qué significado tenía aquello, pero las vacaciones, los tres meses de verano empezaban allí. Y ese tiempo sin tiempo, sin obligaciones, me ayudaba a limpiarme del colegio, a borrar el curso viejo y esperar el nuevo incluso con ilusión.

Luego me enteré de que las hogueras de San Juan servían precisamente para eso. Sí, daban paso a la luz y a lo nuevo. Todo cuadra.

En esa noche mágica había dos cosas más que me encantaban.

Nos compraban un polo de agua naranja o agua limón y quedaba inaugurada la temporada de helados. Y lo mejor, lo mejor de todo,  los fuegos artificiales. Los petardos también, pero no tanto.

Era el Todo. La celebración de los sentidos.

Mirar los colores en el cielo, las formas, las chispas que se juntaban y se deshacían. El ruido festivo, la alegría de las explosiones acompañadas de su silbido final. El olor de la pólvora y de la hoguera. El gusto dulce del helado cuando su tacto frío se transformaba con el calor de la boca.

Nunca he vuelto a vivirlo igual. Ya lo decía Lord Byron:

“Así es, no volveremos a vagar

Tan tarde en la noche,

Aunque el corazón siga amando

Y la luna conserve su brillo”

         Nunca a vivirlo igual, pero el cambio, lo nuevo, también nos permite disfrutarlo de otra manera. Y eso también es mágico. Lo entendí cuando vi estas imágenes.

Están filmadas dentro de los fuegos artificiales desde un dron.