narrativa

DE MENHIRES Y HOMBRES

Está desde siempre en la memoria de los hombres. Impasible al paso del tiempo, al fuego, a la nieve y a los movimientos sísmicos que de vez en cuando asolan la zona.

No es muy alto, pero impone por su dureza y a la vez por su capacidad de transformar la energía que le rodea. De él emana la fuerza que recibe de la tierra.

En la noche de los tiempos lo adoraban. Nunca tuvo nombre porque era sagrado y lo sagrado no necesita pronunciarse, sólo le bastaba ser.

Menhir cgp1

Su datación es aproximada, se cree que es del tercer período megalítico, hacia el final del segundo milenio a. C. 

Hoy nadie recuerda ni sabe usar su fuerza. Hoy no tiene sentido. Sirve para acampar a su sombra, para hacer una foto más con el móvil.

Pero a veces alguien se acerca y no puede evitar tocarlo. Las manos se le escapan del cuerpo y se funden en él para convertirse en granito, en tierra y en cielo.

Ahora le llaman “Menhir del Pla del Bosc” y está en Eyne (Francia), el sitio en  donde hace más de cuatro mil años otras manos lo erigieron.

menhir Eyne

Impertérrito al paso de los hombres y de los días porque sabe que cuando sólo seamos sombras él aún estará allí.

 

 

LA LINEA QUE SE FORMA ENTRE LA TIERRA Y EL CIELO

          Arropado en una manta, algo pequeño se mueve y lloriquea. Es mi hermana. La tiene mi madre entre sus brazos y la mece. Yo las miro y lloriqueo aún más fuerte para que mamá me haga caso, pero ella junta los labios, se pone un dedo delante de la boca y emite un sonido “chsss” señalándome la puerta. Me voy, dejo de llorar, lo entiendo enseguida: mamá ya no me quiere.

         Abandono el compartimiento del tren con dificultad, separando la puerta corredera desde abajo,  el único sitio a donde me llegan las manos, y salgo al pasillo. Tengo que mirar a lo alto para ver la cara de la gente porque soy invisible para todos los que no miran al suelo. Mi madre me acaba de expulsar de su lado convirtiendo mis plumas de ave del paraíso en las de un gorrión normal, en una niña pájaro abandonada más. En aquel momento no me doy cuenta de que el tren corre, de que se va alejando de casa separándome de mi tía, que sí me quiere sólo a mí, de las piedras de mi ciudad, de la niña con mamá única que allí había sido. No entiendo que nos vamos para siempre a otro sitio más frío y más grande, que no volveremos. No lo entiendo, pero lo sé.  

         Mamá está fuera mirando por la ventana del tren con papá y una señora. La niña bebé está sola durmiendo en un capazo dentro del compartimiento, ya no llora y me dejan que pase a verla, pero sólo un momentito, ¡chsss!, sin hacer ruido, despacio, no la toques…   

         Es fea y pequeña, pero la noto extraña, tiene la cara hinchada, muy roja, casi azul, parece que quiere llorar, pero no puede, yo también quiero gritar y avisar a mamá, pero no lo hago, algo me dice que tengo que pedir ayuda, de prisa, de prisa, pero me convierto en piedra, miro su cara y su lengua ya casi negra y no digo nada. Voy a fuera con mamá y los demás, ellos siguen tranquilos mirando por la ventana la línea que se forma entre la tierra y el cielo. Levanto las manos para que alguien me aúpe. No digo nada. Me asomo por la ventana y el aire fresco me revuelve el pelo. Mete la cabeza, mete la cabeza, dice mamá. Meto la cabeza, pero algo de mí se queda fuera para siempre.

niña tren (2)

SAN JUAN DENTRO DEL FUEGO

El verano, mi verano de la infancia, empezaba la noche de San Juan. En el barrio se amontonaban los trastos viejos en un chaflán y entre todos los vecinos encendíamos una hoguera. Un fuego enorme entre  coches, semáforos y casas. Un fuego que calentaba la noche más corta y que la hacía luminosa, especial, fantástica.

Yo no sabía bien para qué, ni qué significado tenía aquello, pero las vacaciones, los tres meses de verano empezaban allí. Y ese tiempo sin tiempo, sin obligaciones, me ayudaba a limpiarme del colegio, a borrar el curso viejo y esperar el nuevo incluso con ilusión.

Luego me enteré de que las hogueras de San Juan servían precisamente para eso. Sí, daban paso a la luz y a lo nuevo. Todo cuadra.

En esa noche mágica había dos cosas más que me encantaban.

Nos compraban un polo de agua naranja o agua limón y quedaba inaugurada la temporada de helados. Y lo mejor, lo mejor de todo,  los fuegos artificiales. Los petardos también, pero no tanto.

Era el Todo. La celebración de los sentidos.

Mirar los colores en el cielo, las formas, las chispas que se juntaban y se deshacían. El ruido festivo, la alegría de las explosiones acompañadas de su silbido final. El olor de la pólvora y de la hoguera. El gusto dulce del helado cuando su tacto frío se transformaba con el calor de la boca.

Nunca he vuelto a vivirlo igual. Ya lo decía Lord Byron:

“Así es, no volveremos a vagar

Tan tarde en la noche,

Aunque el corazón siga amando

Y la luna conserve su brillo”

         Nunca a vivirlo igual, pero el cambio, lo nuevo, también nos permite disfrutarlo de otra manera. Y eso también es mágico. Lo entendí cuando vi estas imágenes.

Están filmadas dentro de los fuegos artificiales desde un dron.