Arqueología

ATARDECERES ETRUSCOS. D.H. LAWRENCE

Preparar un viaje es anticipar, consultar, leer…

Para viajar a Viterbo leí dos libros: Bomarzo de M.Mujíca Laínez que me sumergió en la Toscana renacentista del siglo XVI y Atardeceres Etruscos de D.H. Lawrence en donde se narra el viaje a Tarquinia que hizo en 1927 mientras escribía El amante de Lady Chatterley.  

Buscaba una guía no convencional, recomendaciones y anécdotas sobre lugares con la mirada del viajero romántico, porque para información y datos útiles todo está en internet. Me sorprendió el libro de Lawrence porque no era una guía, aunque estaba organizado por capítulos que  llevaban el nombre de las zonas arqueológicas del lugar (Tarquinia, Cervéteri, Vulci, Volterra). Me encontré con una visión vitalista del mundo, con un autor que recupera la armonía entre la sensualidad de la naturaleza y el conocimiento, que ve más allá del mundo nuevo, compartimentado,  exaltando un mundo viejo en el que cada cosa pertenece al Todo; y que lo hace a través de la cultura etrusca, gran desconocida, de la que la historia  no se aclara ni tan siquiera acerca de sus orígenes, que mira sorprendida al dios Tinia, una asociación de lo masculino y lo femenino; de una civilización que celebra la muerte como parte de la vida y que la recrea en sus innumerables tumbas con figuras alegres que comen, beben vino, que sonríen y se tocan.

etruscos

En lo etrusco hay casi siempre una naturalidad que borda la vulgaridad, pero que no cae en ella”

Lawrence habla de los etruscos como conocedores de los secretos de la continuación de la vida y de la naturaleza, se refiere en el libro que en el año 408 (cinco siglos después de su extinción) el Papa Inocencio I permitió una exhibición pública de domesticación de relámpagos por magos etruscos.

“El conocimiento esotérico será siempre esotérico, puesto que el conocimiento es una experiencia, no una fórmula”.

Dos de los capítulos tratan de la tumbas de Tarquinia. Las descripciones que hace de cada una de ellas son preciosistas, se recrea en todos los detalles, en los colores, en las sensaciones que le producen las imágenes pintadas, los sarcófagos; transmitiendo esa vida al lector:

Para el etrusco, todo vivía; el universo entero vivía; y era cosa del hombre el vivir en medio de todo eso. Tenía que aspirar la vida dentro de sí, tomándola de las vastas vitalidades errantes del mundo. El cosmos estaba vivo, como un enorme animal. Todo respiraba y latía”.

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No es solo un libro de viajes, también es un libro de filosofía.

“La duración de las pirámides es un simple instante comparada con la de las margaritas. Y antes de que Buda o Jesús hablasen ya cantaba el ruiseñor, y después de que las palabras de Jesús o Buda se hayan olvidado el ruiseñor seguirá cantando. Porque el canto del ruiseñor no es ni una prédica, ni una enseñanza, ni una orden, ni un apremio. Es solo un canto. Y al comienzo no era el Verbo, sino un gorjeo”.

Y habla de la importancia de los objetos, no solo como transmisores de la historia y de las costumbre sino como entes que se relacionan con todo lo que les rodea e influyen en ello.

“Cualquier objeto que lleve la conciencia a un estado de atención pura en un momento de perplejidad, dará una respuesta a la perplejidad”.

Acaba el libro hablando de los museos, a los que considera:  “lecciones prácticas orientadas a ilustrar las insanas teorías de los arqueólogos” .  Odia la idea de reunir infinidad de objetos porque cree que pierden el sentido cuando se juntan y se desubican.

“Un museo no es un contacto de primera mano: es una conferencia ilustrada. Y lo que uno quiere es el toque vital auténtico. Yo no quiero que me instruyan; ni lo quiere mucha otra gente”.

D.H.-Lawrence

D.H. Lawrence (1885-1930).

Un toque vital autentico.

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DE MENHIRES Y HOMBRES

Está desde siempre en la memoria de los hombres. Impasible al paso del tiempo, al fuego, a la nieve y a los movimientos sísmicos que de vez en cuando asolan la zona.

No es muy alto, pero impone por su dureza y a la vez por su capacidad de transformar la energía que le rodea. De él emana la fuerza que recibe de la tierra.

En la noche de los tiempos lo adoraban. Nunca tuvo nombre porque era sagrado y lo sagrado no necesita pronunciarse, sólo le bastaba ser.

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Su datación es aproximada, se cree que es del tercer período megalítico, hacia el final del segundo milenio a. C. 

Hoy nadie recuerda ni sabe usar su fuerza. Hoy no tiene sentido. Sirve para acampar a su sombra, para hacer una foto más con el móvil.

Pero a veces alguien se acerca y no puede evitar tocarlo. Las manos se le escapan del cuerpo y se funden en él para convertirse en granito, en tierra y en cielo.

Ahora le llaman “Menhir del Pla del Bosc” y está en Eyne (Francia), el sitio en  donde hace más de cuatro mil años otras manos lo erigieron.

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Impertérrito al paso de los hombres y de los días porque sabe que cuando sólo seamos sombras él aún estará allí.

 

 

UNA ESCALERA EN CRETA

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        Tiene cuatro mil años y está en Gurnia. Cumple su función como lo hizo el primer día  de su primer tiempo.

        Une la parte alta de la ciudad con la salida que lleva al mar, permitiendo a través de los siglos, sin discriminaciones, el paso a quienes la transitan, ya fueran sacerdotisas, comerciantes, procesiones ceremoniales, o ahora turistas pegados a un móvil hartos de ver piedras, de sol, y de subir y bajar por ella.

          Nadie sabe cómo se llamaba la ciudad a la que pertenece, Gurnia fue un invento que le pusieron los griegos mil años después de que su verdadero nombre se pronunciara por última vez.

        Sir Arthur Evans, con más entusiasmo que rigor, lo presupuso todo acerca de la civilización minoica que descubrió en el año 1900. Se considera la más antigua de Europa, la precursora de la griega, la romana, e incluso hay quien dice que de la fenicia, egipcia y de los asentamientos mesopotámicos, porque algunos autores le atribuyen hasta siete mil años. Quizás, sólo quizás.

        Hasta el nombre es una licencia arqueológica suya: Minoica viene de la leyenda del rey Minos sobre el que escribió Homero muchos años después de la destrucción de Creta, quizás por un terremoto o por un volcán. Nadie sabe si el monarca fue real.

         Tras años de ardua labor Sir Arthur Evans desenterró Cnosos y reconstruyó parte del palacio con mucha ilusión, pero muy poca fiabilidad. Nunca encontraron el laberinto del que hablaban los clásicos. Sólo multitud de pequeñas estancias intercomunicadas, y las famosas hachas de doble hoja “Labrys” en ellas. La palabra laberinto viene de allí.

doble hacha

         Lo que sí se sabe es que era una cultura cuyo pueblo no necesitaba defenderse de soldados ni de navegantes. Sus ciudades no tenían torres ni fortificaciones, todas tenían un carácter abierto, y en ellas apenas se han encontrado armas, sólo algunas para  uso ritual.

         Poseía tres tipos de alfabeto que todavía no han podido ser descifrados.

         Los enterramientos se efectuaban de forma colectiva en círculo  o en cuevas megalíticas. Eran sencillos tanto para el pueblo como para el rey. Nunca se han encontrado mausoleos fastuosos, ni tan siquiera se sabe el nombre de sus reyes.

         Lograron un refinamiento exquisito capaz de crear en el periodo medio, sobre el año 1400 a.c., piezas como esta:

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      Lo que más me llamó la atención, sin contar con todas las maravillas que guarda el museo de Heraklion, fue una palabra que se repite en casi todos los rótulos, en todas las explicaciones de casi todos los objetos que hay allí.

     La fotografié en inglés porque no supe identificarla en griego:

Quizás

     La escalera sigue en la hoy llamada Gurnia haciendo lo que hizo siempre, sostener las idas y venidas de sus transeúntes. Impasible a hipótesis, a dudas y a dataciones.

Quizás se ríe de nosotros porque ella sabe algo que los pobres mortales nunca sabremos. El nombre secreto de su ciudad. Quizás, sólo quizás.